miércoles, 20 de abril de 2011

La Caída



El frío viento le golpeaba los ojos, pero ya no sabía si las lágrimas que corrían por su rostro eran el frío o por el insoportable dolor. La camisa desabotonada dejaba su pecho al descubierto y la cicatriz se percibía con toda claridad con las primeras luces de la mañana. Daría lo que fuera por volver a oír su voz pronunciando su nombre, por la noche, en la complicidad del silencio, en la urgencia de las manos y en los cálidos susurros. Volverla a oír, desde la noticia fue lo primero que pasó por su mente, ahora, con sus manos firmemente aferradas al gélido metal, es lo único que lamenta. Inspiró con dificultad, entre lágrimas y sollozos, las piernas temblaron y por un momento dudó de su decisión. Pero ya no hay vuelta atrás, no para él. ¿Para qué? Si ya no hay por quien continuar adelante, y la maldijo con angustiosa frustración culpándola de lo único que no era culpable. Cerró los ojos con fuerza, y como un vendaval dejó salir un grito que se ahogó en el frío matinal de Santiago, un grito que llamó la atención de los pocos transeúntes que dieciocho pisos más abajo se dirigían a sus  particulares destinos, obligándolos a mirar a las alturas. Entonces dejó que sus manos soltaran las barandas del balcón y se precipitó en caída libre al suelo con su blanca camisa flameando al viento.

Matías, de seis años de edad, apretó la mano de su madre y le apuntó a las alturas, al tiempo que decía "Mira mamá, un ángel". Luego su madre cubrió sus ojos.

martes, 22 de febrero de 2011

De Refranes y Cursilerías


No hay mal que por bien no venga. Al menos eso es lo que siempre pensó, y su afán de enfrentar el día a día con optimismo confirmaba esta ley. Al que madruga Dios lo ayuda le dijo una vez su padre, y se levantaba cada mañana con la idea de ser el mejor en lo que hacía. Cuando recibió la noticia de su traslado a la nueva sucursal, no pensó en los aspectos negativos o en segundas intenciones por parte de la Gerencia de la empresa, a caballo regalado no se le miran los dientes pensó, y acepto de buena gana su nueva posición en la institución. La nueva sucursal albergaba a un equipo reducido de personas, y a pesar de que sabía que en pueblo chico, infierno grande, la jefatura había confiado en él para dirigir al grupo de trabajo y él no tenía intenciones de defraudarlos.

Cuando se presentaron los primeros roces y problemas de convivencia, aparecieron también los primeros rumores, pero como es bien sabido a palabras necias, oídos sordos. Pero los resultados esperados no fueron los mismos que los conseguidos, y la Gerencia empezó a presionar para cambiar la situación. De él dependía que todo funcionara bien y procuró estar pendiente de todos los aspectos de la sucursal, no obstante, el que mucho abarca poco aprieta, y las cosas comenzaron a irse de las manos. La situación se volvía insostenible y se vió en la necesidad de pedir ayuda, después de todo el que no llora, no mama, concluyó.

Entonces fue cuando llegó ella. Seleccionada por la Jefatura para asistirlo y apoyarlo en todo el proceso de reestructuración que debía implementar, fué como una bocanada de aire fresco a la presión que cargaba sobre hombros. La miraba con secreta fascinación en la sucursal, moviéndose como delicada aparición entre escritorios, archivadores y estaciones de trabajo, y ya cuando no aguantó más decidió que el que no se arriesga no cruza el río, se plantó de frente a ella, en horas extraordinarias, solos los dos, aferrado a todo el valor del que era capaz. La declaración tocó fondo cuando ella dijo: "Te quiero, pero como amigo". Fue por lana y resultó trasquilado, dio media vuelta y no volvió a tocar el tema.

Dos días después la Gerencia le anunciaba que a partir del lunes la empresa prescindía de sus servicios. Esperamos que entiendas la situación y no guardes rencores, dijeron. No respondió nada, el que calla otorga, y con la frente en alto salió por la puerta principal. Luego se enteró que una semana después ella asumió su cargo, y que era la ahijada del Gerente General. A buen entendedor pocas palabras.

miércoles, 16 de febrero de 2011

Una Puerta


Desde un comienzo estaban destinados a una historia juntos, pero una ceguera autoimpuesta en él y un maldito silencio quisieron que no se conocieran hasta muchos años después cuando las vueltas de la vida los habían llevado por caminos distintos y ya había media vida a cuestas. Ahora él, de pie ante su puerta, espera el gesto que ya nunca llegaría, ese impulso que lo haga alzar su mano y golpear aquella puerta para volver a incluirse en su vida, ella al otro lado, en silencio, confundida en la vorágine de sus emociones, aguarda a que el valor la obligue a abrir la puerta sin esperar la llamada y encontrar ese rostro que tiempo después procurará por todos los medios olvidar durante el día sólo para buscarlo con mayor desesperación durante la noche, en sus sueños, en un submundo que aún hoy parece increíble que se forjará de manera simultánea en ambos. Pero esa puerta, como consecuencia de las palabras, ya no se volvería a abrir nunca más, al menos ya no para ellos. Ella volvería a buscar la compañía en otras personas, la complicidad de las caricias en otras manos, las sonrisas en otros rostros y el olvido en otros recuerdos. Él continuaría escribiendo la historia que ya había comenzado, buscando el final feliz de sus protagonistas. No hay remordimientos. No hay culpas, salvo las que el tiempo estimó necesarias, y a veces, en un arranque de nostalgia recuerdan esa puerta, y la distancia que los hechos convirtieron en abismo. Hoy ella bebe un café y sonríe ante un agradable comentario. Él enciende un cigarrillo y se detiene a mirar un árbol, luego reanuda la marcha rumbo a un programado encuentro. Ninguno de los dos olvida al otro, probablemente nunca lo hagan, y recurran a ese submundo refugio de los recuerdos en busca del rostro anhelado. Desde un comienzo estaban destinados a una historia juntos, pero aquella puerta, que es la traducción de tantas palabras dichas, de tantos años de silencio, permanecerá estando cerrada.

viernes, 17 de diciembre de 2010

CORRE


CORRE. Su mente y todo su cuerpo sólo decían una cosa: CORRE. La adrenalina que fluía a raudales por su cuerpo, no le permitía sentir el dolor por la herida de su brazo. Mientras cruzaba como una exhalación entre callejuelas y eventuales peatones de pronto sintió el peso del arma en su mano, y en un acto reflejo la arrojó cuando saltaba una cerca. Sólo importaba correr, alejarse, desaparecer. Podía sentir los ladridos de los perros tras de él. Se acercan. Le faltaba la respiración, necesitaba detenerse. ¿Y si se escondía para recuperar el aliento?. No. No podía parar, debía seguir.

Tres días atrás se había arrodillado frente a ella. Era de madrugada y habían conversado por largo rato. Joaquín dormía plácidamente en su cama y luego de arroparlo se había sentado junto a ella para explicarle lo que quería hacer, explicarle que no había riesgos, que estaba todo calculado, que su posición en la empresa, luego de cinco años de antigüedad laboral, le habían permitido ganar la confianza de todos, nadie podría dudar de él, que era esa la gran ventaja que tenía y por eso habían recurrido a él, porque "lo necesitaban", necesitaban a alguien de adentro, que era prácticamente "entrar y salir", que una vez terminado todo ya no tendrían que preocuparse por nada, se podían ir lejos y empezar de nuevo, olvidarse de las noches en vela por las preocupaciones y la incertidumbre del mañana. "Estaremos tranquilos" dijo él, "No quiero tranquilidad a riesgo de que te pase algo" respondió ella. Y pese a que sabía que ella no estaba de acuerdo no doy pie atrás a su decisión. Ya no quería verla sufrir por la presión de la situación que estaban viviendo, se sentía plenamente responsable de lo que les pasaba, sentía que había fracasado en brindarle seguridad a su familia, seguridad que había jurado siempre mantener. Lamentaba el momento en que recurrió a la persona equivocada en busca de ayuda, porque ahora el "préstamo" que no estaba en condiciones de devolver amenazaba la vida de su hijo y su esposa. El mensaje había sido claro " Una semana para pagar... o tal vez pueda ayudarnos. De lo contrario cobraré con su señora y su hijo", no importó cuanto suplicó para que no los involucraran con su deuda, el ultimátum ya estaba hecho. "Tengo miedo de perderte" dijo ella de rodillas junto a él, "Yo moriría si les pasara algo a ustedes" respondió, "Tal vez podríamos irnos lejos y escondernos donde no nos encuentren" propuso entre lágrimas, "Hasta que no le pague, no habrá lugar donde nos podamos esconder" concluyó. Lloró a su lado, le pidió disculpas, ella lo abrazó, le aseguró que nunca les había fallado, que siempre había sido un buen esposo y padre, que lo amaba y nada cambiaría ese hecho; finalmente luego de compartir ese abrazo por mucho tiempo le dijo "Si vas a hacerlo, sólo te pido que no te arriesgues, sin importar lo que pase, sólo vuelve a casa, vuelve a mi". Y se miraron a los ojos, haciendo juramentos con la mirada. No permitiría que nada le pasara a su familia, sin importar el costo. Ahora ya no podía dudar. Cerró los ojos con fuerza y la abrazó en silencio.

CORRE. Sólo debía seguir corriendo. Las imágenes se sucedían en su cabeza con violencia y sin control: el disparo, las amenazas, la alarma de seguridad, la lucha en la oscuridad, la caída a través de la ventana, los gritos, la huida. De pronto el grito de una mujer que aparece de improviso en su camino lo hace volver a la realidad. CORRE, se repite con más fuerza. Debe seguir y dejarlos atrás. CORRE.

A las 23:37 hrs. se despedía de su mujer, y en un último intento de negar la realidad la abrazó fuertemente y susurró a su oído "Te amo". La bocina de la camioneta negra que lo aguardaba afuera le arrebató el ensueño. caminaron juntos a la habitación de Joaquín, ella de pie en la entrada mientras él caminaba en silencio hacia la cama del niño para no despertarlo. Lo vio inclinarse sobre el pequeño, besar suavemente su frente, susurrar algo que no pudo oír y luego volverse lentamente hacia ella. Un nuevo bocinazo hizo que se sobresaltaran. Soltó su mano y ella quedó de pie inmóvil, al abrir la puerta para salir se detuvo y se volvió a mirarla, esbozaba una sonrisa y le dijo: "Estaré bien". Cuando cerró la puerta tras de él, la sonrisa había desaparecido, los dos hombres que iban en la parte de adelante del vehículo lo miraban desde el interior, fumando un cigarro y junto a la puerta trasera abierta lo aguardaba "El Negro", no pudo reprimir un escalofrío de nerviosismo al sentir la mirada fría de este personaje. "El Negro " era un hombre grande, de rasgos toscos, de carácter duro, agresivo y sin escrúpulos. Una gran cicatriz cruzaba el lado izquierdo de su rostro que sólo lograba intimidar más a quien se acercaba a él. Lo hicieron subir al vehículo y el viaje de 20 minutos hasta el destino, se realizó repasando aspectos del plan. Cuando estacionaron, El Negro metió la mano en un desgastado bolso verde extrayendo un revolver de su interior, y que con mirada maliciosa le extendió para que lo recibiera. En vano quiso tartamudear una excusa para rechazarla, tomó el revolver y lo metió en su bolsillo. Bajaron del vehículo y el grupo lo dejo avanzar primero para cumplir la primera parte del plan. Él respiró profundo y se dirigió a la caseta del guardia de la noche. "Buenas noches don Manuel" dijo, el guardia con algo de sorpresa le devolvió el saludo. "Dejé mis llaves dentro de la oficina, ¿puedo pasar?". El guardia evaluó la petición unos segundos, luego respondió "Claro, yo lo acompaño". Cuando accionó el sistema de apertura de la puerta principal el resto del grupo entró corriendo, amenazando y posteriormente reduciendo al guardia a golpes. "Ahora, a lo que vinimos" sentenció El Negro. Él lo guió hasta la oficina de Gerencia en el segundo piso, donde le señaló la caja de seguridad oculta. Luego de vaciar el contenido en la bolsa que traían salieron de la oficina dejándolo atrás con El Negro. "Eso sería todo" sintió que decía a su espalda, "Hasta aquí llegas tú". Se volteó sobresaltado y lo vió apuntándolo con un arma. Instintivamente metió la mano al bolsillo y sacando el revolver lo apuntó de vuelta temblando. La desagradable sonrisa que se dibujó en el rostro de El Negro, lo perturbó aún mas. Entonces lo entendió: desde un principio estaba previsto que no saliera vivo del lugar, y temiendo lo que pasaría jaló el gatillo.

Ya no sabía cuanto había corrido, sólo sabía que no podía detenerse. Le parecía que los ladridos y los gritos se estaban acercando. Entonces sintió el inconfundible sonido de un disparo y un dolor ardiente le atravesó el costado, trastabilló, y cayó pesadamente al suelo. Se llevó la mano al costado y notó que estaba sangrando, el dolor le nublaba la vista. "Ya no puedo más" pensó. Ya estaban muy cerca. Apretó los ojos con fuerza y ahogando un grito, se levantó. CORRE.

"No tiene balas", dijo. El Negro lo miraba con una sonrisa. " ¡Hicimos un trato, con esto saldaba mi deuda!" le gritó. "Ya te dije, hasta aquí llegaste" le respondió, y levantó el arma apuntando a su cabeza. Cerró los ojos y el disparo resonó en sus oídos.
No había dolor, no estaba herido, el disparo provenía de afuera, miró a El Negro que fijaba la vista en la ventana. Entonces la alarma comenzó a sonar y como un reflejo se abalanzó sobre él. Un disparo escapó del arma y dió en el foco de luz que tenían dejándolos en penumbras. Sintió que lo golpeaban, pero el también golpeaba y a su paso chocaron contra una vitrina que bajo la presión de sus cuerpos se hizo pedazos hiriéndolos con los fragmentos de vidrio que cayeron. El Negro gimió y se separó agarrándose con ambas manos el cuello en el lugar donde un gran trozo de vidrio se había incrustado, él sintió como un líquido cálido caía por su brazo acompañado de un terrible dolor. No miró la herida, a tientas encontró el arma y buscando un apoyo se puso en pie, El Negro lo agarró de la ropa y tropezando lo arrastró mientras caía bruscamente hacia adelante, intentó buscar algo a lo que aferrarse pero había perdido el pie de apoyo y ahora ambos caían atravesando la ventana de la oficina. Lo aparatoso de la caída lo había dejado atontado, entonces levantó la cabeza y vió a su contrincante a su lado cubierto en sangre, inmóvil y con la mirada fija en el cielo. Un disparo resonó cerca de su cabeza y entonces sintió los primeros gritos y los perros fueron soltados. Se dió cuenta que había un grupo de seguridad que llegaba al lugar y entre gritos y disparos iban tras de él. Debía escapar, miró hacia el frente y se hechó a correr.

La sangre de la herida de bala ya empapaba su ropa, ya no corría, apenas podía caminar. CORRE, decía su mente, pero su cuerpo extenuado ya estaba en su límite. Podía oír con claridad ahora las voces de sus perseguidores, y los ladridos de los perros más cerca aún. Sólo un poco más. Por favor, CORRE, se exigía. Y entonces en su mente se dibujó la imagen de su mujer y su hijo, las lágrimas brotaron, en su mente estaba la voz de ella "Vuelve a casa...", el dolor fue más agudo y sintió que el suelo a su pies desaparecía. Gritos, ladridos. Cayó de frente, a duras penas logró voltearse a tiempo para ver como los perros se abalanzaban sobre él. El dolor agudo dió paso al vacío. En su mente sólo la voz de ella "Vuelve a casa... vuelve a mí".