viernes, 24 de agosto de 2012

Huellas en la arena



Las huellas se desvanecían en la arena como lejanos recuerdos de la primera infancia. Con cada nueva caricia de la marea sus pisadas se volvían menos visibles. Caminaba lentamente sin rumbo fijo, sin un objetivo en mente. Sólo caminaba. Por curioso que pareciera no pensaba en nada en específico, simplemente se movía por inercia como empujada o arrastrada por una fuerza extraña, ajena a su persona, a su realidad. Respiraba lentamente. El aire frío y salobre entraba por su nariz y boca, llenándola de paz.

Ya no escuchaba los gritos. A decir verdad, desde hace mucho tiempo que había dejado de prestarle atención. Ahora parecían confusos, como si nunca hubiesen existido, con la inconfundible sensación de abstracción de quien observa una película o escucha un relato ajeno de acontecimientos que no alcanza a dimensionar. ¿Había sido así siempre?. Tal vez su vida había sido una simple representación de la realidad de alguien más, de otra persona.

De alguna forma sentía la desazón del tiempo perdido, desperdiciado en compañía de un ser que, más que ocupar un lugar en su vida, la había ido consumiendo poco a poco, torciendo su existencia cada vez un centímetro más allá, quebrando, mancillando su ser, hasta un punto del cual, durante mucho tiempo, pensó que no podría volver jamás. Se sentía perdida, incomunicada. Más aún, sentía que había desaparecido toda capacidad de comunicarse, su voz ya no era la misma. Ya no se reconocía. Sentía lástima y culpa a partes iguales. Entonces pensó que ya no quedaba nada, sólo era un cascarón vacío, todo vestigio de vida se había extinguido.

Pero había algo escondido. Algo no había muerto. Lo podía sentir palpitar muy lejos, oculto en algún lugar. No podía saber que era, por mucho que se esforzase, pero estaba ahí, lo percibía cada vez con más fuerza. Estaba ahí y buscaba salir. Lo sabía, y lo creía con una fe que se alimentaba de cada lágrima derramada, de cada súplica, de cada sueño perturbado y de cada golpe recibido. Estaba ahí. Se fortalecía y quería salir. Entonces dijo las palabras que siempre estuvieron ahí, latentes en el aire, con una voz que creía jamás volvería a escuchar. Su propia voz. Vibrando como el fuego de una hoguera avivada por nueva leña. "Nunca más".

Las huellas se desvanecían en la arena como lejanos recuerdos de la primera infancia. Soltó el cuchillo y al caer tiñó de un rojo carmesí la arena húmeda de la playa, cuando el mar limpió el filo este resplandeció como la primera estrella la noche. Su piel y ropa manchadas de sangre, parecían la escena de un cuadro surrealista. A lo lejos sintió el graznido de una gaviota, luego otras se sumaron al sonido de la mañana. El aire frío y salobre entraba por su nariz y boca, llenándola de paz.



miércoles, 5 de octubre de 2011

Círculo

regalo1[1]

Samuel abrió la puerta frustrado, afligido, se sentía cruelmente traicionado. Dio un portazo y se quedó mirando el pequeño regalo envuelto que aún tenía en su mano izquierda. Una oleada de cólera le hizo cerrar los ojos con fuerza y lanzar el regalo con desconocida fuerza sin ver donde caía.

Martina bajaba por la avenida con las bolsas de la reciente compra en el almacén, esa noche vendría Fabián a cenar y quería que todo fuese perfecto. Caminaba con una sonrisa en los labios cuando vio como algo pasaba volando y caía a sus pies. Miró a ambos lados pero no pudo descubrir de dónde provenía. Cambió todas las bolsas a una sola mano y se inclinó para recoger el misterioso paquete. En el momento que lo tomó sintió el bruco empujón y como era despojada de su cartera al tiempo que veía al ladrón darse a la fuga calle abajo hecho una exhalación.

Rolando corría sin mirar atrás con un solo objetivo: desaparecer entre las calles y la multitud que a esa hora pululaban por el centro. El bolso recién sustraído firmemente bajo el brazo, mientras a toda prisa doblaba una esquina. Escuchaba al pasar vagos comentarios y algún ocasional “¡Párenlo!". Y entonces cometió el error de voltear, para acto seguido sentir el tirón en su brazo y caer aparatosamente contra una vitrina. Se incorporó rápidamente dejando caer el botín sin fijarse en quien había detenido su fuga, y continuó su escape ahora con las manos vacías.

Samuel, con una mezcla de sentimientos entre rabia y sorpresa, y el torrente de adrenalina a tope en su cuerpo, observó como el ladrón huía dejando atrás la reciente adquisición. Se agachó y recogió el bolso, mientras una mujer de edad alababa el actuar del joven diciendo que faltaba más gente como él. Abrió el bolso y rebuscó en su interior hasta que dio con un número de teléfono que decía Casa.

Fabián contestó el teléfono mientras dejaba a Martina sentada y afectada por el robo en el gran sofá de cuero negro. Tras un breve intercambio de palabras alzó la mirada sorprendido hacia Martina, quien al ver su expresión contuvo por un momento el torrente de emociones para entender que ocurría. Fabián dictó la dirección de la casa y colgó el auricular. Luego con una sonrisa se sentó al lado de la joven y tomó su mano.

Samuel tocó el timbre dos veces antes de que la puerta fuese abierta y Fabián lo invitara a pasar. Aceptó una taza de café y relató lo sucedido a la pareja, quienes agradecidos ofrecieron una compensación en dinero que Samuel, ahora convertido en héroe, amablemente rechazó. Al retirarse y caminar hacia la puerta, se detuvo en seco cuando contempló sorprendido como al lado de las bolsas que había traído Martina, había un pequeño paquete envuelto en papel de regalo y dentro del cual, extrañamente, sabía que había un anillo de compromiso.

Preguntas y respuestas para el lector promedio

 

libros

José Luis Valiente siempre ha tenido más preguntas que respuestas, y las pocas respuestas que ha obtenido en su corta vida le han generado (como no) nuevas y mejores preguntas. Este hecho particular y anecdótico lo ha llevado a pensar que el conocimiento es como una caja inútil (aquel obtusamente gracioso aparato que se apaga cuando se enciende), y que en un afán masoquista el ser humano pulula por su existencia, larga o corta según convenga, de un callejón sin salida a otro, aprendiendo a tropiezos que cada nueva respuesta le hace ver lo ignorante que es realmente del sentido de la vida. Pero no puede evitarlo, el conocimiento es una droga, una adicción que muy difícilmente puede erradicarse, y desde que abrió su primer libro, aquel preciado regalo de su abuelo Miguel en su primera infancia, comprendió que no habría vuelta atrás, y una vez que alcanzó la última página de La Vuelta Al Mundo En 80 Días, comprendió que había emprendido la más grande aventura de su vida, sin un fin claro pero con un horizonte prometedor y rebosante de grandes relatos y crónicas.

José Luis Valiente tiene 14 años, y en su pequeña habitación tiene más libros que amigos en su vida cotidiana.

martes, 16 de agosto de 2011

Pequeños placeres



Pequeños placeres. Una siesta en el parque bajo el tibio sol de primavera. El primer sorbo de café en la mañana, sintiendo como ese calor reconfortante recorre poco a poco mi cuerpo. El abrazo sincero de la mujer amada, mi compañera, mi amante. La mirada inocente de mis pequeñas hijas y su visión particular de la vida. La última pieza del puzzle. El jugueteo distraído de los dedos en la cálida arena de la playa. El aroma inconfundible de las páginas del libro nuevo abierto por primera vez. Los labios cómplices y las caricias ansiosas. El canto de los pájaros en la quietud de un bosque. El aroma de la tierra mojada que me transporta a mi infancia bajo el parrón de mis abuelos. La mano firme estrechada de un antiguo amigo. La serena paz del sueño de mis hijas. Los ojos cerrados para sentir en plenitud la lluvia en el rostro.Pequeños placeres, la vida está hecha de pequeños placeres.